Infinito

Nunca te fíes del todo de los sentidos.
No es que sean malintencionados
Y pretendan jugarte una mala pasada.
Lo que sucede es que la realidad es tan inmensa
Y su capacidad de percepción tan limitada
Que uno se convierte en víctima de sus espejismos.

Seguramente de pequeño
Los sentidos te hicieron creer
Que la luna se movía a tu son
Mientras la mirabas desde la ventanilla del coche.

Es probable que alguna vez
Al bajar las escaleras
Tu cuerpo haya vislumbrado un peldaño imaginario
Y después tuviese que lidiar
Con una caída más que real.

Los sentidos solo buscan simplificar el mundo
Para que lo entiendas mejor.
Resumen cientos de océanos
En apenas unas pocas gotas
Y luego te ofrecen una botella de agua
Con todas ellas.
Un recipiente lleno de verdades
Pero solo de las que te interesan.

Por eso, el amor a veces es ciego.

En definitiva, construyes tus historias
Con un puñado de verdades
Y magia, mucha magia
Quizás más de la que deberías usar.
Y justo cuando pensabas que ya estaba listo,
Un ligero soplo de viento derrumba tu muro

Y duele...cuánto duele.

Los sentidos buscan el lado
Más romántico y bello de las cosas.
Transforman en poesía todo lo que ven,
Incluso a las personas.
Más tarde, caes en esa trampa
Tan sugestiva como milenaria
De idealizar a quien no te conviene.

Por eso te recuerdo en estos versos
Que estés alerta e intentes no confundir
El mapa con el territorio porque
Todo el mundo sabe que está hecho a escala.

Los sentidos pueden atraparte con sus tentáculos
Y hacerte medir mal el espacio.
Cuando buscas la felicidad fuera
Y crees tenerla a un palmo de distancia
Esta se va alejando hasta el infinito.
Cuando dejas de moverte, te encuentra.

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Un millón de soledades

Quizá tengas la sensación 
De caminar más lento que el resto.
Quizá el fracaso haya pasado tanto tiempo
En tus brazos que ahora piense que son suyos.
Puede que sientas que el destino
Ejerza en tu contra el doble de fuerza
Que haces tú en tus intentos por no ahogarte.
Quizá sea más fuerte y llegar a la superficie
Del agua sea toda una utopía.
Quizá tus ojos hayan olvidado cómo
Era el rostro de la felicidad,
O la sonrisa de la incertidumbre
Cuando te veía dudar entre
Dar un salto al abismo o quedarte parado.
Soy de los que piensan que la parálisis por análisis
Ha arruinado más vidas
Que ninguna otra enfermedad.
Así que, si tú eres uno de sus damnificados,
Permíteme que te recuerde algo:
Aún te quedan demasiadas balas y demasiados intentos
En la recámara como para darte por vencido.
Afuera hay un millón de soledades
Encerradas en su cascarón de lamentos
Esperando que le rescaten.
¿Para qué ser como ellas?

Me gustaría

Me gustaría pensar que sigues ahí
Donde te imaginé por última vez, 
Sentada tomando café
En la terraza de mi recuerdo.

Me gustaría pensar que sigues ahí,
Leyendo el periódico para informarte 
De las noticias que aún podríamos protagonizar,
Dejando que el viento callejero te arrancara
Los miedos del flequillo.

Me gustaría ver cómo instalas tu bandera
En el espacio que mi corazón una vez quiso reservarte,
Perder la noción del tiempo entre tus ojos,
Desglosar tu sonrisa por capítulos, 
Bombardear tus días grises,
Nublar la vista a la rutina.

Pero tú eras más de dar bandazos 
En busca de quién sabe qué futuro.
Deberías saber que un desierto 
Nunca es un buen sitio para encontrar agua.

Me pregunto a dónde irán las personas 
Que no saben a dónde quieren ir.
Si sabrán dar sentido a su viaje errante, 
Si sabrán regresar a casa.

Algo más allá

Me acaricia la somnolencia desde la almohada
Y llega un punto en que no sé
Si estoy despierto o dormido.
La realidad se tambalea
Como si tratase de cruzar 
El espacio entre la cima de dos montañas
Con una cuerda más delgada, débil e inestable
Que la esperanza del que siempre fracasa.
Y yo, funambulista afligido por el vértigo
Pierdo el equilibrio
Aprieto los dientes, cierro los ojos
Y me desplomo en caída libre al vacío.

El sueño me abduce.
Ahora que duermo definitivamente
Veo pixelada la parte oculta del iceberg:
El inconsciente.
Allí flotan mis miedos más profundos,
Los recuerdos que imaginaba que ya 
No habitaban mi memoria,
Mi propósito de vida contando, 
Mientras se mira el reloj,
Los meses que le quedan para ser descubierto,
Los motivos recónditos que 
Justifican todas mis decisiones.
Las que tomo y las que nunca llegan
A ver la luz del sol.
Me despierto.
Todo recupera su ser.
Pero se me quedan dos dudas enredadas.
¿Si recuerdo el sueño es porque le he vivido?
Si le he vivido, ¿hay algo más allá?

	

No digas diciembre, di siempre

Diciembre viene con aires de grandeza
Dispuesto a pisarnos los talones,
Empecinado en embadurnar el camino
A quien le oponga resistencia.
Diciembre se cree por encima del resto
Se percibe a sí mismo como el cementerio
Donde van a parar los sueños muertos.
Esos que, al igual que las plantas,
Fallecen si no les mimas.
Diciembre disfruta con tu sufrimiento.
Por ello, pondrá ante tu vista
Tantas veces como sea necesario
Parejas que se resguardan del invierno
Con abrigos hechos de complicidad.
Quizá las veas sentadas en el banco de un parque
Quitándole protagonismo a la nieve
O en una cafetería tomando
Una taza de alegría caliente
Mientras se acarician el alma.
Si eso sucede, no te alarmes.
Por regla general es un espejismo
Que trata de poner a prueba
Tu resistencia a la soledad.
No digas diciembre, di siempre:
A la vida, aunque caigan más fracasos del cielo
Que copos de nieve sobre tu cabeza.
Di siempre al amor
Aunque a veces se disfrace de bruja
Y te ofrezca manzanas envenenadas.
Nadie mejor que tú
Para atarle los cordones al desorden.
Ojalá este año tu regalo venga sin envoltorio
Y tenga nombre y apellidos.
No importa la maldita ceguera que
Te impida vislumbrar tus virtudes.
Siempre habrá alguien que te confunda
Con una estrella fugaz
Y te pida un deseo:
Que vuelvas a pasar.

La onda expansiva

Hemos construido alrededor del corazón
Un muro de contención que nos aleja del mundo.
Y al tiempo que colocamos un ladrillo sobre otro
Para elevar el aislamiento a su máxima expresión,
Mantenemos la esperanza de que llegue alguien
Con una bola de demolición dispuesto a derribarlo.
Recurrimos a la abstinencia de emociones 
Como mecanismo de defensa.
Hablamos del pasado como si todavía existiera
Y del futuro como si ya nos hubiese arrollado.
Estamos tan concentrados 
Buscando paz en nuestra propia burbuja
Que nos olvidamos de que la felicidad nos atraviesa
Cuando ayudamos al otro a desvanecer su armadura.

Madurar es comprender que es inútil esperar 
A que sea otro quien tire la primera pieza del dominó,
Cuando puedes convertirte tú mismo
En la onda expansiva de la revolución.




Andrés Suárez: “En el momento en que una persona no siente lo mismo que tú, sal de ahí volando”

Su voz y una guitarra. Andrés Suárez (Ferrol, 1983) no necesitó más para conquistar a los asistentes del Vamp Café el 1 de junio de 2013. Una sala de conciertos instalada en uno de los molinos de la Calle Industria de Palma de Mallorca.

Antes de remover los corazones de sus fans con una de sus composiciones, se animó con un discurso sentido. “Yo vivo por el amor. Me debo a él. No he hecho otra cosa en mi vida. Por eso, lo de cuestionar el amor como si fuera una revisión en un taller…A primera vista, a segunda. ¿Qué es a la quinta? ¿A la quinta revisión te enamoras? ¿El amor acaso no es a primera vista?”, decía el cantautor gallego ante su público al explicar la historia que hay detrás de su canción ‘Te doy media noche’.

Andrés, el chico que dejó su Ferrol natal dispuesto a arriesgarlo todo por llevar sus canciones a Madrid, reflexionaba sobre el encuentro que mantuvo con una mujer tras una de sus actuaciones. “Me dijo: Te doy media noche. Una persona con la que hablé una noche y sabía que quería hablar con ella todas las noches. ¿Cómo coño tú en media noche convences a una persona que lo que tú quieres es una vida y media?”, aseguró.

Por un momento, el cantante bajó la cabeza y durante un par de segundos el local permaneció en el silencio más absoluto. “Estoy bien”, añadió tratando de rebajar los niveles de melancolía en el ambiente. “Lo mejor de la música es que queda inmortalizada en el tiempo. Dentro de diez años volveré a sacar la canción y le diré: Te has equivocado estando con otros”.

Sus canciones hablan de ruptura, de bares, de desesperación, de dolor. Tratan sobre enamoramientos, “sexo descontrolado en una habitación de hotel” e incluso sobre el alzheimer de sus abuelos. “A mí no me interesa mucho escribir sobre Orión, Júpiter, Venus y no tener ni puta idea de lo que estoy escribiendo y que la gente venga a encontrarse unas musas con copas de más, que ni entienden”, concluyó.

Lo que verdaderamente persigue Suárez es vivir, concentrarse en estar vivo y haber sufrido situaciones complejas para luego hacer canciones. La melodía ‘Te doy media noche’ representa con claridad la premisa de que para escribir, primero hay que experimentar la montaña rusa de la vida. Una composición que relata la historia de enamoramiento muy profundo en la que la persona anhelada fue un amor no correspondido. “Evidentemente, me ofrecía media noche para convencerla”.

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En el momento en que una persona no siente lo mismo que tú, sal de ahí volando. Lo más rápido que puedas. Yo traté de auto engañarme, de auto exigirle a la palabra ‘victoria’ y de ahí, la más hermosa de todas mis derrotas”, subrayó. La conexión que explica el triunfo de los nuevos poetas coincide con una de las causas del éxito del cantautor gallego. “Yo creo que la gente que viene a mis conciertos viene buscando esa verdad”.

La familia de Andrés jamás discriminó a nadie. Tampoco a los instrumentos. Ellos llenaban sus vidas de musicalidad. Tanto que decidieron hacerles un hueco en su domicilio. También en su corazón. Su madre y su abuelo cantaban de manera aficionada. De ahí que el primer contacto del gallego con la música se diese prácticamente “antes de nacer”.

Suárez siempre lo tuvo claro. “Era música o nada. En mi caso no tuve esa mala suerte que creo que tienen muchos jóvenes hoy en día por desgracia. No saber elegir, dirigir, encaminar su futuro, por dudar, por titubear”.

Su idilio con la música comenzó en el conservatorio mientras hacía sonar un piano. Más tarde a los 14 años y con las hormonas a flor de piel, se compró una guitarra eléctrica para tratar de emular a emblemas del rock en España como Extremoduro, Los Suaves y Barricada. “Mi relación con la música es la que tengo con la vida porque no sé dónde acaba la música y empiezo yo”.

Andrés estaba tan impresionado con aquellos acordes que buscaba hacer exactamente lo mismo. De pequeño tomaba una raqueta de tenis como si fuera una guitarra e imitaba a los músicos que aparecían en la tele cuando todavía no había música en directo.  

A los 14 años escribía para ligar o porque caía en las redes del amor. No obstante, con el tiempo entendió que era su ‘modo de expresión’. “Aunque no lo parezca soy muy tímido, muy introvertido y sin embargo, la música es mi vía de escape, al igual que la palabra”.

Un gallo imprevisto, una cuerda mal pisada con el dedo índice u olvidar la letra de una canción. Son eventos desastrosos que no caben en la cabeza de Andrés Suárez Él va a lo suyo. Está tan preocupado por hacer sentir a los demás que su mente no tiene tiempo ni para sabotearle con pensamientos traicioneros. Aunque jamás ha negado que antes de los conciertos sienta cierto desasosiego.

El escenario le atrae como nada en el mundo. Es su ‘droga favorita’, ‘la droga más poderosa’ que ha probado en su vida.  Hay personas que viven con el miedo de no dar la talla tras la oreja. Andrés no es la excepción que confirma la regla, pero sabe cómo gestionar sus emociones cuando se expone a una audiencia.

El camino suele presentar piedras con forma de dudas. Normalmente no se interponen en el trayecto de las personas para desviar el rumbo a seguir, sino para comprobar su tolerancia al dolor, la pasión con que anhelan sus objetivos. El cantante de Ferrol lo tiene claro. “Yo he dudado de mí alguna vez, de mis canciones nunca”. Empezó trabajando en orquestas locales de Galicia, pero sabía que sus canciones debían llegar a Madrid. De hecho, “se merecían llegar ahí”.

En la capital española había un circuito efervescente de locales, editoriales, discográficas y salas de música. Andrés entendió que el único momento perfecta era el aquí y el ahora. Por ello, no tuvo ningún miedo de arriesgarlo todo. “Si puedes soñarlo puedes hacerlo, ¿no?”. 

Los momentos de mayor sufrimiento del gallego coincidieron con las veces en que cantaba y prácticamente no entraba nadie al bar.  Instantes de dolor y tristeza, pero nunca de incertidumbre. “Jamás sentí que debía abandonar. Nunca hubo una sola duda. Evidentemente hubo dolor, hubo tristeza, hubo casi hasta ira cuando uno apuesta tanto por uno mismo y llega a un bar y no entra nadie. Pero todo aquello no sabes cuánto me forjó y me sirvió”.

A veces, la música –al igual que la poesía- se presenta como un boomerang que no vuelve. Lo que se da no siempre equivale a lo que se recibe. Y es por ello que los cantantes deben saber afrontar la situación desesperante de cantar en un bar para nadie, para una persona o cantar en el metro y pelearse por una mirada.

También los poetas se ven en la vicisitud de soportar la frustración que hay detrás de un texto que es leído por todos, menos por la persona hacia la iba dirigido. “Luché para ganarme una moneda. Creo que a raíz de esa lucha, valoro tanto que se llene hoy en día el Palacio de Deportes de Madrid u otros escenarios. Tienes que saber que esa gente se lo curra muchísimo para pagarse una entrada. Cuesta muchísimo pagarse 10,15 o 20 euros de una entrada, un disco o un libro”, afirma el escritor gallego.

¿Cómo se conecta con el público?

El cantautor desconoce cuál es “el botón del éxito” para vender discos o libros, pero sabe que la autopista que traza el camino directo hacia el triunfo es la que se asfalta a base de emociones. “Si yo tuviera la clave del éxito, qué absurdo, qué pérdida, qué aburrimiento, saber cómo funcionan las cosas y darle al botón para triunfar”, alega el de Pantín.

Sin embargo, el hecho de no acariciar con sus manos la fórmula secreta no hace, ni mucho menos, que desee conocer los entresijos mentales de su audiencia. “No sé qué es lo que vienen buscando, pero tampoco quiero saberlo”, apunta Suárez. No obstante, “tal vez la gente se identifique con lo que estamos contando en canciones o poemas porque hablamos de temas comunes, de lo cotidiano y la gente necesita compartir su dolor”, manifiesta. 

El objetivo prioritario de Andrés es regar con cada acorde y cada palabra la conciencia de su público y conseguir que los sentimientos afloren, hacer de la primavera una estación interminable. Para ello, emplea sus canciones y su obra escrita como fertilizante. “Yo trato de emocionarlos. Más de que les guste mi voz, les suene afinada o que mi guitarra les guste cómo vibra, a mí lo que me interesa de verdad es que te vayas dolido, jodido, feliz, risueño, llorando. Porque entonces he ganado. Entonces te he emocionado. Esa es la victoria más dulce”, recalca.

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Del acorde a la palabra

Por si la música no fuera poco, el cantante de Pantín decidió explorar y comenzar una nueva andadura por la literatura. Ajustar una letra para encajarla en el molde de una melodía no es lo mismo que escribir sobre un papel en blanco.

Sin embargo, durante la promoción de su nuevo y primer libro ‘Más allá de mis canciones’, subrayó algunas de las diferencias. “El mundo de la literatura poco tiene que ver el presentar un libro con un disco. Las canciones están limitadas, tienen tres minutos, tienen dos, cinco, no mucho más. Las canciones tienen una limitación temporal, el libro no. El libro es infinito. Tú decides cómo y cuándo acabarlo”, observa.

“¿Qué opino de la poesía fácil? Prefiero que se vendan libros a que se vendan armas”

Según Andrés Suárez, “ser escritor de canciones no es lo mismo que ser un poeta“. Ser poeta implica tener una habilidad especial para ver todo aquello que el ojo humano promedio no alcanza y plasmarlo con la más bella exactitud. Ser poeta también es ponerse el estetoscopio en el pecho y escuchar al corazón.

Poner nombre a las cosas que no lo tienen. Inventar palabras que describan sensaciones que todos sentimos, pero que pocos prestan la atención que requiere. “Luis García Montero, él es un poeta de verdad. A mí cuando me llaman así, me avergüenzo. En todo caso, el escritor de canciones o tal vez el orador de su memoria en cada una de sus canciones. Entonces sí, pero no soy poeta. Por dios, cualquiera que me vea encasillarme dentro de la poesía, tirará el libro por la ventana. Como es normal”, recalca. 

Incorporarse a la corriente de la poesía como una tortuga que se adentra en la corriente oceánica puede tener sus inconvenientes. “El mínimo respeto, nada más, pido a Machado, a Neruda, a Serrat, Sabina, Benedetti. Hemos perdido un poco el norte cuando hoy en día alguien abre una red social. Parece que todo el mundo escribe poesía y es poeta. Me parece alucinante, me parece vergonzoso. Genial que escribas y que tengas el hobby de escribir, pero ¿auto-denominarte poeta? Qué falta de humildad”, sostiene tajante. 

Sin embargo, la parte gris de aquellos que intentan subirse al carro de la poesía a todo caso es menos oscura que otras actividades. “¿Qué opino de la poesía fácil o que se vende siguiendo una serie de pautas y normas para llegar a un público adolescente? Prefiero que se vendan libros a que se vendan armas” Pero matiza: “Genial que se venda literatura, pero de ahí a que el autor sea un poeta…”.

-Blog Oficial de David Pérez-