Cuestión de gravedad

Admiro a los valientes que se mantienen firmes

Cuando la vida les niega su parcela de felicidad.

A esos que arrojan calderos de esperanza sobre el prójimo,

Aunque no quede espacio en el tendal

Donde secar sus propias lágrimas.

 

Admiro a los locos revolucionarios

Que escriben para poner parches en la herida ajena.

A los irresponsables que dejan una semilla de esperanza

En corazones derribados por el desengaño.

 

A veces hay mujeres que por el hecho de ser montañas

Se creen que pueden mirar a otras

Por encima de la cima y se equivocan.

No saben que no hay cumbres inalcanzables

Ni cuestas empinadas que no se puedan escalar.

 

Sólo montañeros abrumados por el vértigo

Que viven con el temor de que se rompa la cuerda

Y su corazón se despeñe colina abajo,

Ante el rechazo de la persona que aman.

 

En ocasiones el precio del desamor

Es cuestión de gravedad:

La fuerza con la que tu ilusión cae 

Y es atraída hacia al suelo.

 

Anuncios

En busca de la perfección…

Viernes atípico por la noche.

Ambiente festivo en la barra de un bar.

Una copa de ron con tantos grados

Como pesares en el alma.

 

Se abre la puerta del local…

 

De repente, entra un ángel de labios explosivos,

Capaces de hacer saltar por los aires a la rutina

Y bombardear la palabra soledad.

 

Se acerca risueña al camarero.

Este le sirve un zumo de naranja.

Gira la cabeza, me mira.

Demasiada dinamita en los ojos

Como para no activar el detonante.

 

Y ahí estaba Cupido

Inyectándome la magia del amor a primera vista.

Como si su amplio repertorio de flechas

Fuese un botín de jeringuillas.

 

¿Cómo te llamas? –le pregunto-

Mi nombre es Ideal – y sin tiempo suficiente para reaccionar, contraataca-

¿No te cansas de perseguirme?

Entonces mi mundo se quedó en silencio

Como la ciudad tras sufrir un terremoto.

Y con la sensación de que me voy

A la cama sabiendo algo nuevo,

Así fue cómo dejé de ir en busca de la perfección.

364 pétalos

31 de diciembre.

Mis ojos han visto desprenderse de la gran flor

364 pétalos con aroma a rutina y desesperanza.

 

Tu sonrisa nunca se había parecido tanto a la luna.

Está demasiado lejos

Como para extender el brazo

Y tratar de acercarla.

 

Dicen que cuando llegas a la cima de una montaña,

Hay que empezar de cero,

Ponerse manos a la obra con una cumbre nueva.

Pero mi cuerda está desgastada y el vértigo

Me hace ver el 2018 con una altura desorbitante.

 

364 pétalos desperdigados sobre un jardín sin enanitos.

Melendi no hubiera cantado este poema.

364 pétalos amputados por una guillotina de cinco dedos.

Cinco dedos que buscaban tu nombre y solo encontraron

El tacto rugoso y áspero de tu ausencia.

 

364 pétalos.

364 días teñidos de fracaso.

A la espera de que tú arranques el último

Y conviertas el error en acierto.

 

 

No digas ‘diciembre’, di ‘siempre’

Diciembre viene con aires de grandeza,

Dispuesto a pisarnos los talones.

Empecinado en embadurnar el camino

A quien le oponga resistencia.

 

Diciembre se cree por encima del resto.

Se percibe a sí mismo como el cementerio

Donde van a parar los sueños muertos

O mejor dicho, los que olvidaste

Cumplir durante todo el año.

 

El frío ya se abalanza a las calles de Santander

Como el tigre a su presa.

Por eso, diciembre está para notificarte

Que eres el siguiente en ser devorado entre sus garras.

 

Diciembre disfruta con tu sufrimiento.

Pondrá ante tu vista

Tantas veces como sea necesario

Parejas que se resguardan del invierno

Con abrigos hechos de complicidad.

 

No te alarmes.

Por regla general es un espejismo

Que trata de poner a prueba

Tu resistencia a la soledad.

 

Así que no te fíes de la palabra diciembre

Tampoco de los que la pronuncien con desaire

Como el político articula la palabra justicia.

 

No digas diciembre, di siempre.

Di siempre a la vida

Aunque caigan más fracasos del cielo

Que copos de nieve sobre tu cabeza.

 

Di siempre al amor

Aunque a veces se disfrace de bruja

Y te ofrezca manzanas envenenadas.

Nadie mejor que tú para atarle los cordones al desorden

 

Así que recuerda poner la zapatilla

Bajo el árbol de navidad.

Quizá haya para ti uno de esos regalos

que no llegan el 6 de enero,

Pero que aparecen

En el momento, lugar y forma precisos.
Porque sí.

Porque no importa la maldita ceguera

Que te impida vislumbrar tus virtudes.

 

Siempre habrá alguien que te confunda

Con una estrella fugaz

Y cierre los ojos

Para pedirte un deseo:

Que vuelvas a pasar.

 

Personas

He visto escapar personas

De las estremecedoras garras de noviembre.

Las he visto florecer en jardines

Arrasados por la tristeza.

 

He visto personas.

Personas que desafían el frío invernal

De los domingos por la tarde

Con una entereza que ya quisiera

Superman sobreponerse a los villanos.

 

Las he visto achicando la soledad

De sus embarcaciones quejumbrosas

Con diminutos calderos de esperanza.

 

He visto personas que no esperan sentadas

A que vengan los problemas.

Hombres y mujeres que no hacen cola

Para reclamar amor en la oficina de atención al cliente.

 

He visto personas pisoteando adjetivos que no les definen.

Personas luchando contra la agonía de la rutina.

Personas lamiendo la herida en el cuerpo ajeno.

Personas encendiendo la pasión en pieles apagadas.

Personas con los pies en La Tierra

Y el corazón entre las manos.

Siempre dispuestas a entregártelo todo a cambio de nada.

 

He visto esa clase de personas.

Son como tú y como yo.

Actúan desde la sombra.

Se ocultan tras tu espalda

Para atacar a quien no se atreva

A hacerte daño a la cara.

 

Personas que velan por ti mientras duermes

Personas que sudan tinta para traerte la felicidad a casa.

Puede que se escondan tras la apariencia

De una madre, un padre.

Quizá un abuelo, una hermana o de un mejor amigo.

 

Estas personas que dan la cara por ti

Aunque la tengan magullada,

Me hacen creer todavía en la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La chica del precipicio

Era una chica de ojos color café

Con dudas entre las yemas de los dedos

Y espinas que eran heridas del pasado,

Incrustadas en el corazón.

 

De su pecho brotaba la desconfianza

Cada vez que un hombre

Le tomaba la mano para sacarla a bailar.

 

Temía las intenciones ocultas.

Añoraba un amor verdadero.

Y una noche cualquiera

En un pub de la periferia,

La vida decidió dispensarle la gloria

Como si de una máquina expendedora se tratase.

 

 

La chica del precipicio.

La que partió la cara al mismísimo miedo.

La que hizo temblar al invierno.

La que saltó al abismo

Sin importar dónde quedaba el suelo,

Aprendió que la mala suerte es un boomerang

Que conviene sortear cuando está de vuelta.

 

 

Corazón de atleta

Ella tenía corazón de atleta

Yo temía los pistoletazos de salida

Con cada zancada marcaba el ritmo

Que le faltaba a mi rutina

 

Y le salieron agujetas a la esperanza

Y se le cayó el dorsal a la palabra ‘nosotros’

Y bajé puestos en su clasificación particular

Como quien tropieza en las escaleras

Y las desciende rodando.

 

Eran otros los que iban a la cabeza de la maratón,

Los que tenían más velocidad y resistencia

Los que tenían un cuerpo más tonificado,

Los que se merecían más la medalla de oro que yo.

 

Pero un día el agua de la vida regresó a su cauce.

Y recuerdo perfectamente

Cómo traspasé esa línea de meta, que es su sonrisa,

Para subir a lo más alto del podio, que es su cama.

 

Ella tenía corazón de atleta.

Yo no entendía de prácticas deportivas tan alucinantes,

Pero aprendí algo.

 

Aprendí a correr los cien metros lisos hasta su boca.

A lanzar lejos la jabalina de la tristeza.

A saltar por encima las vallas de los reproches.

A batir récords sobre su pista.

A no darme nunca por vencido.

Aunque las piernas reventadas de cansancio se empeñen

En sacarme fuera de su competición.

 

Ella tenía corazón de atleta

Y yo…Yo dejé de temer a los pistoletazos de salida.